En la revista semanal ilustrada “Blanco y Negro”, de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, en su edición del 5 de junio de 1926 fue publicado este artículo sin firma que destaca la labor periodística, literaria, social y política del poeta y educador santiaguero José Virgilio Martínez Reyna. El texto fue publicado cuatro años antes de su cobarde asesinato ocurrido en San José de las Matas el 1 de junio de 1930.

Los grandes políticos del Partido Nacional
Virgilio Martínez Reyna
Aquí está el político joven más vibrante de nuestros días, el que robustece las vanguardias infatigables del Partido Nacional con ideas y con hechos, pues si en el pasado supo ser combatiente y periodista brioso, hoy es el periodista, luchador y conductor vigoroso de las masas, a quienes sostiene y convence su fortaleza de espíritu y su carácter inquebrantable.
Virgilio Martínez Reyna nació en Santiago de los Caballeros en el año 1886. Realizó sus estudios bajo la égida de aquel educador inmortal que se llamó Manuel de Jesús de Peña y Reynoso, y logró, a fuerza de inteligencia, culminarlos en tan breve tiempo, que en 1902 recibía el título de Maestro Normal.
Espíritu templado para debatirse en el campo de las ideas, se inició en el periodismo con tan buenos y francos éxitos, que a poco, abriéndose en él la rosa espléndida de la primera juventud, ya ocupaba el puesto de Redactor-Editorialista de El Diario, en cuyas columnas, por espacio de dos años, puso al servicio de su pueblo y del país las ideas generosas que brotaban de su cerebro privilegiado.
El periodismo le empujó a la ardida arena de la política, y entonces, co-Redactor de El Pabellón Cruzado, periódico de combate que vio la luz pública en los días del Gral. Cáceres, su pluma señaló rumbo y produjo conceptos valientísimos.
Pero no todo debía ser en este intelectual victorioso, prosa candente, y su espíritu cultivó con magníficos aciertos la literatura. Produjo entonces versos de hermosísima inspiración, y tanto que, el 16 de agosto de 1911 fue laureado en el Concurso Científico-Literario que celebraba la Sociedad “Amantes de la Luz”.
Poco tiempo después fue designado para desempeñar la Procuraduría Fiscal en Moca, y su paso por aquella institución de justicia señaló una época de ecuánimes dictados, hechos tan raros en aquellos días de intemperancias y de pasiones alborotadas.
Levantó entonces la revolución sus rojos pendones, y Martínez Reyna, afiliado al Partido del Gral. Horacio Vásquez se dio cuenta de que no bastaba la pluma para contener los desmanes de los poderes públicos constituidos. Guerreó valientemente y sus actos le confirieron el alto honor de la Delegación en el Este, en unión de otros distinguidos compañeros de armas, para levantar la protesta armada en aquella parte del país. Él tuvo la dirección de las operaciones, y sus actividades fueron tan valiosas que, en 1914, cuando se celebraban elecciones generales, figuraba como candidato por oposición a la Diputación por Santiago. Triunfaron sus contrarios y, Presidente de la Junta Comunal del Partido, era postulado entonces para la Sindicatura Municipal.
Estábamos ya en el año diez y seis, cuando comenzaban a desarrollarse los tristes acontecimientos que dieron al traste con nuestra nacionalidad. Desembarcadas las tropas que hicieron flamear bajo el cielo de Quisqueya la bandera de las barras y las estrellas. Martínez Reyna, agarrotado por una tenaz enfermedad acaso resumo de las largas campañas, se encuentra inactivo en su hogar. Es entonces cuando se produce esa poesía “Muero Libre”, de tan gallardas y vibrantes estrofas, que sale a la publicidad el mismo día en que los regimientos yankees entran en la heroica ciudad de los Treinta Caballeros. Magnífico gesto, sólo comparable al de los apolonidas de la vieja Roma que hacían temblar a las nutridas filas de legionarios con sólo tañir sus liras “las robustas liras, pesadas y fuertes, las de hierro, las que lanzadas al fondo del abismo, del fondo del abismo nos contestan”.

La dominación puso entonces severa mordaza al pensamiento, pero ya la primera palpitación poética, llena de ardores patrióticos, había estremecido el aire, y encendía en todos los espíritus la primera idea de ese generoso nacionalismo que venció ocho años más tarde la conquista que aspiraba a ser eterna.
¿Temió después el poeta patriota a las afligidas bayonetas de los soldados rubios y permaneció acaso recluido en el hogar? No ¡Un hombre como Martínez Reyna no podía temer! De ahí que cuando el Gobierno Militar puso en vigor el impuesto sobre la Propiedad, él usando sus viejas y todavía palpitantes influencias sobre las masas, combatió rudamente esa ley, obteniendo tal éxito que en el Cibao fue escasísimo, casi nulo el pago del impuesto. Después de apelar a todos los medios compulsivos que no produjeron ningún resultado, el Almirante Robinson, jefe del Gobierno, hizo expresamente un viaje a Santiago para decir en una reunión que provocó en la sala del Ayuntamiento, que los que atacaban el impuesto “eran más bandidos que los bandidos del Este”. Y este paladín conserva como una reliquia, copia de la carta que el mismo almirante dirigió al Departamento de Estado Americano, a propósito del fracaso de ese impuesto, en la cual lo cita, como el principal impugnador de la ley.
Todo esto es hacer historia, arrogante historia que muchos pudieron y no supieron trazar en aquella época, por miedo a los prebostes, a sus multas, a los filos de las bayonetas y a la cárcel!
Cuando asomaron los primeros barruntos de resurrección de la nacionalidad encontraron a este esforzado luchador en pie. Y a él tocó reunir en Santiago la primera Junta Política, integrada por elementos del horacismo. Esa incipiente labor denominó al Partido con el nombre de Restaurador, atendiendo a las circunstancias que predominaban en aquella hora, y alentados esos hombres por el mismo ideal que animó a los patriotas del 63. Y de Restaurador vino a deducirse la denominación de Nacional, que el Partido reunido en asamblea aceptó unánimemente y ostenta orgulloso hasta hoy. El Primer Presidente de esa Junta lo fue, en verdad, el señor Domingo Ferreras, elemento prestigioso del Partido, pero inmediatamente después le siguió Martínez Reyna ocupando hasta hoy ese puesto en virtud de todas las asambleas que se han reunido reeligiéndolo.
Pero fue durante las elecciones de 1924 cuando Martínez Reyna se perfiló como un verdadero leader del Partido Nacional en Santiago, considerado hasta entonces como el baluarte invulnerable del jimenismo. Una fuerte, decidida e inteligente acción de este político admirable provocó la más profunda transformación política de aquella Provincia, de tal modo que, ensayando el método de conciliar todas las aspiraciones, borrando odios y antagonismos, Martínez Reyna laboró dentro de los mismos reductos del viejo bonismo, con sus mismos elementos, consiguiendo para las urnas votos a favor del Partido Nacional que representaban las tres cuartas partes de la opinión pública. Por este brillante triunfo que obtuvo el joven y brioso político durante el proceso electoral fue que la Junta Superior Directiva del Partido, reunida en asamblea le otorgó un voto de simpatía.
Un hecho que constituye rarísima excepción es sin duda el que, teniendo este hombre tantos méritos adquiridos dentro de nuestro Partido, él se conformó a ser postulado únicamente como Presidente del Ayuntamiento de Santiago, un cargo honorabilísimo pero sin ninguna retribución pecuniaria, cuando él, a no dudarlo, si lo quisiera, podría ocupar a esta hora una poltrona de abundosa productividad.
Él ha triunfado valientemente sobre sus enemigos, a despecho de todas las acechanzas, y ahí está, en el más elevado sitial del Municipio santiagués, haciendo obra grande y hermosa. Si fuéramos a detallar, con los comentarios del caso, el resultado de su labor municipal, sería demasiado largo este artículo.








