Decía el siempre sarcástico Oscar Wilde que “no existen más que dos reglas para escribir: “tener algo que decir y decirlo”. Y Andrés Acevedo tenía algo que decir y era un algo triste, una tristeza de sombras, fantasmas y silencio.
Era una tristeza que desconocíamos, acostumbrados como estábamos a su universo de “gato”, “pollitos”, “mariposas”, “ciempiés”, “ángeles” “hadas” y “bosques”.
Quizás nos sentíamos cómodos con la infantil alegría que compartíamos, con imaginarnos al poeta deslumbrado y gozoso en su mundo, olvidando que en ningún lugar anida por más tiempo la tristeza que en el alma del que se dedica a cantar alegrías.
En sus anteriores libros, Andrés era un niño, un niño alegre, nostálgico y soñador y, de repente, en éste, su quinto libro, nos encontramos al Andrés grande, adulto y triste.
Es como si hubiese condensado todas sus tristezas, para describírnosla en ese poemario de sueños, o más bien de pesadillas y de sombras.
Es por eso que en este libro nos sorprende, porque es un salto y un grito. Un salto de la alegría a la sombra, y un grito como de sueño trocado a pesadilla.
Es en este libro donde por primera vez vemos la intensidad del desamparo, el dolor inmenso y la soledad del poeta.

El poema XXII lo muestra en toda su extensión:
Es sólo ahora que descubrimos, al cerrar la última página, que el poeta tenía algo que decir y nos lo está diciendo en un lenguaje de oscuridades y pozos, un lenguaje de desesperanzas y tierra baldía como un moderno Elliot, oscuro y complejo, con su vista puesta en un futuro inexistente como el beso de una musa.
Es el poema XXV el encargado de mostrarnos la visión que tiene el poeta del porvenir:
un tiempo sin retorno.
Y, es precisamente aquí donde Acevedo se vuelve nuestro y entronca con esa tendencia del poeta dominicano de escribir desde su dolor, desde su sombra y su desesperanza. Como si la poesía nuestra toda desde José Joaquín Pérez hasta la actualidad, fuese un grito eterno pasado de generación en generación como una antorcha olímpica.
Y es Andrés, quien nos confirma que la poesía dominicana nunca canta a la alegría, sino a un desarraigo nuestro que nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte.
Podríamos, en resumen, decir mucho más de este libro de Andrés Acevedo, pero dejemos que sea el lector el que se forme su propio juicio al final de la lectura y adelantémosle que esta obra poética es un viaje a la noche, sus cocuyos y sus misterios. Y esperemos que al despertar de este “Sueño de Sombras”, hayan visto como yo los detritus del alma del poeta Andrés Acevedo.









