Para la Argentina, se terminó otra temporada de la Copa Davis, con una derrota como visitante en Finlandia (1-3) en febrero pasado, y un triunfo en casa (4-0 a Lituania) que le permite mantener la categoría y regresar a los Qualifiers de febrero próximo con la ilusión renovada. Pero, mientras el equipo capitaneado por Guillermo Coria jugó el sábado y domingo a estadio repleto en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, otras series alrededor del mundo se disputaron con las tribunas vacías, una situación insólita en otros tiempos para esta competencia que marcó una época dorada en el tenis.
Ahora, cabe preguntarse: ¿sigue vigente la Copa Davis? La respuesta, si se observa el entusiasmo de muchos jugadores y el Buenos Aires a tope, es un sí rotundo. Pero el torneo ha cambiado a partir del desembarco que hace cinco años realizó el Grupo Kosmos, liderado por el futbolista -hoy retirado- Gerard Piqué, que adquirió a la Federación Internacional de Tenis (ITF) los derechos de comercialización y realización por 25 años, con una inversión global anunciada de casi 3000 millones de dólares. Esto incluía un “fee” (pago fijo) por temporada, que en 2023 iba a rondar los 40 millones de la moneda estadounidense, un monto que Kosmos buscó reducir, y un canon que iba a ser más elevado en 2024. No hubo un acuerdo en los números de la negociación y la ITF, que se negó a bajar los ingresos, dispuso la cancelación del contrato. La respuesta de Piqué y sus socios fue recurrir ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), con sede en Lausanna.
A la Copa Davis le cuesta encontrar un formato definitivo y adecuado para todos en estos tiempos de circuito ultracompetitivo y calendario ajustado al milímetro. Durante décadas fue un certamen único, que todos los jugadores querían disputar para representar a sus países; es una situación que no suelen vivir cada semana, tan especial como lo es para ellos jugar en equipo, otro factor que sale del eje habitual de sus carreras. Sin embargo, en las últimas décadas, el tour creció en exigencia y en cantidad de torneos, y para muchas figuras la Copa Davis empezó a convertirse en una carga, y aparecieron factores negativos: viajes a destinos remotos, jet-lag, cambios de superficie en medio de una gira que se juega a otra velocidad, y partidos al mejor de cinco sets que podían implicar un desgaste enorme, sin puntos en juego para el ranking.
Un ejemplo cercano fue aquella batalla de 6 horas y 43 minutos en marzo de 2015 entre Leonardo Mayer y el brasileño Joao Souza bajo un intenso calor en Tecnópolis, con triunfo por 15-13 para el argentino en el quinto set; ambos jugadores, extenuados, con calambres, callos y quemaduras, tuvieron que cambiar sus calendarios tras aquel esfuerzo sobrehumano. Ese partido obligó a la ITF a reconfigurar su sistema de puntuación. Desde entonces, no volvió a jugarse más con los dos games de diferencia en el quinto set, y se dispuso un tie-break. Luego, se achicó aún más: en 2017, se optó por reducir los encuentros al mejor de tres sets, y a dos días de competencia, en lugar de las tres jornadas que habían sido habituales por muchos años.
Fuente: La Nación.








