La informalidad laboral en República Dominicana no puede entenderse únicamente como una falla contemporánea del sistema económico. Desde una perspectiva de economía política —y con el lente histórico de Karl Polanyi es posible afirmar que esta condición responde a una herencia estructural profundamente arraigada en nuestra génesis colonial.
Durante la época colonial, gran parte de la actividad económica en la isla se desarrollaba fuera del circuito oficial. El contrabando, el trueque y el comercio interregional no autorizado no eran prácticas marginales, sino formas dominantes de subsistencia para sectores excluidos del monopolio imperial. Estas dinámicas no solo respondían a necesidades materiales, sino también a una resistencia frente a las estructuras de poder económico impuestas desde fuera.
Polanyi, en La gran transformación, sostiene que el mercado no surge de manera natural, sino que es impuesto por el Estado moderno, desplazando formas previas de organización económica. En ese sentido, la informalidad laboral actual puede verse como una expresión histórica de exclusión, una forma de “reprotección” social frente a un mercado formal que nunca logró incluir a todos.
La persistencia de la informalidad revela que el Estado dominicano no ha construido un sistema laboral verdaderamente inclusivo. El trabajo informal reproduce lógicas coloniales: autonomía forzada, precariedad, invisibilidad. No se trata solo de un problema técnico o administrativo, sino de una manifestación estructural de cómo se ha distribuido el poder económico en nuestra historia.
Entender la informalidad desde esta perspectiva permite repensar las políticas públicas. No basta con formalizar por decreto: se requiere una transformación institucional que reconozca las raíces históricas del problema y construya un sistema laboral que articule productividad, dignidad y justicia social.








