Poco conocido cuando su padre lo ungió como heredero, Flávio Bolsonaro se presentó como una versión más moderada que el expresidente ultraderechista, condenado el año pasado por golpismo por intento de golpe de Estado en 2022.
Trató de seducir con promesas de cambio a conservadores y a votantes menos ideologizados, hartos de la inseguridad y el costo de vida.
Para dar vuelta el resultado de la primera vuelta, Lula multiplicó en la recta final las medidas populares, muchas de ellas costosas.
Aumentó las partidas del Bolsa Familia, su programa social estrella destinado a las familias más pobres.
También impulsó la aprobación de una reforma constitucional que reduce la jornada de trabajo y otorga a millones de brasileños un día adicional de descanso semanal.
Lula enarboló la bandera de la soberanía, acusando a Donald Trump de querer entrometerse en la votación, y en la campaña acusó a Meta de interferencia a favor de su rival.
Tras el balotaje, el mandatario dijo que los votantes vencieron «la intromisión» desde el extranjero de las plataformas digitales, y prometió regularlas.
Meta, dueña de Facebook, WhatsApp e Instagram, niega las acusaciones pero reconoció errores como la desactivación de anuncios de la campaña de Lula por motivos técnicos.
Situación actual
Para su cuarto mandato, el margen de maniobra del jefe de Estado se anuncia limitado.
Tanto por el tsunami conservador que barrió el Congreso en las legislativas de hace tres semanas, como por la coyuntura económica, con un crecimiento que debe desacelerarse.
Aunque el desempleo está en su nivel más bajo y la inflación relativamente contenida, a los círculos empresariales les inquieta el estado de las finanzas públicas.
Flávio Bolsonaro llegó a hablar de un «país arruinado«.