Hemos importado de países con mayor tradición cívica, que el poder local (léase ayuntamientos) es el más cercano a la gente (al ciudadano y al habitante).
Explicado en el papel podemos colegir como cierto pero, en la práctica y lo que expresa la experiencia, por la baja votación en comicios de medio término, parece que o no existe conciencia del impacto de los ayuntamientos en la vida cotidiana o sencillamente, debemos producir nuestras propias conceptualizaciones a raíz de la experiencia dominicana.
¿Entiende el dominico como más cercano al poder municipal? Es tema para otra entrega. Pero a juzgar por los votos parecería que no.
Veamos cómo la abstención, en el presente siglo, ha sido la ganadora absoluta en este tipo de contiendas electorales.
Las modificaciones constitucionales de 1998, 2002, 2010 y 2015, han incidido en un esquema que ha revela tanto la abstención como los votos nulos, como preponderantes.
Partimos de 1998, las primeras elecciones congresuales y municipales separadas, a raíz de la modificación constitucional del 14 de agosto de 1994. En esta la abstención alcanzó un 48.9%, recordemos que era un país con una altísima incidencia del tema político y electoral, con la influencia de los grandes caudillos del siglo pasado y un nuevo y vigoroso liderazgo político emergente.
Cuatro años más tarde, en 2002, ese liderazgo político nacional comenzaba a dar sus primeros pasos en solitario por la desaparición física de Balaguer, Bosch, y Peña Gómez. Ante esta ausencia la apuesta por la marca-partido y el sentimiento que insuflaba la memoria, el 48.98% de ciudadanos no se presentó a las urnas.
Las de 2006, ganadas por el Bloque Progresista que alcanzó 96 de los 178 curules de la Cámara de Diputados y 22 de los 32 senadores, presentó una abstención del 41.86%,
Mientras que en 2010 no votó el 43.57% de los inscritos en el padrón electoral.
En el 2016 en las que además se eligieron presidente y vicepresidente, fueron las primeras en no celebrarse 16 de mayo, sino el tercer domingo de ese mes, siendo el día 15 y la primera elección desde el año 1994 y la primera en la historia sociopolítica dominicana en que todas sus autoridades elegidas de forma simultánea y directa. Esto produjo que se registrara una abstención del 30.4%, elementos que indujeron a la significativa baja.
Las de 2020 merecen un abordaje distinto pues fueron en medio de la pandemia del Covid-19, con el miedo tras las mascarillas y la incertidumbre de un mundo postrado ante la muerte. Por eso y por la inédita suspensión de unas elecciones en desarrollo como las del 16 de febrero, fue celebrada de manera extraordinaria el 15 de marzo, teniendo una abstención récord de un 50.86%.
Si tomamos las democracias donde la libertad política es manifiesta (según constata Freedom House), en un reciente estudio del Institute for Democracy and Electoral Assistance (IDEA), Chile es el país con mayor abstención electoral del mundo con un 58%; mientras que en los países donde el voto es obligatorio, otro latinoamericano alcanza el mayor índice de los 10 a nivel global: México con un 37%.
El abstencionismo electoral ha sido definido como “el indicador negativo de la partici[1]pación política: muestra el porcentaje de los no votantes sobre el total de los que tienen derecho de voto. El mayor o menor porcentaje de abstención electoral puede condicionar el resultado y beneficiar o perjudicar determinadas entidades políticas que, en razón de ello, pro[1]mueven siempre la movilización de sus votantes y, en ocasiones, la des[1]movilización de sus oponentes”.
Pienso que en el caso dominicano urgen las siguientes tareas:
- Revisar el sistema de incentivo al voto
- Asociar el acceso a programas asistenciales a la responsabilidad y el deber cívico de votar, como hacen democracias latinoamericanas como Colombia
- Establecer un régimen de consecuencia para la no participación electoral, aunque ésta contemple incluir el voto en blanco o por ninguno
- Que los partidos entiendan que son un actor y no “el solo actor”, en el juego democrático.
Ojalá se pueda vencer la apatía y el descreimiento. Los enemigos de la democracia avanzan y no nos estamos dando cuenta.








