Desde la época del teatro clásico la angustia ha sido una constante que ha permeado las grandes obras desde “Prometeo Encadenado” de Esquilo, “Edipo Rey” de Sófocles, o “Electra” de Eurípides. Pareciera imposible despojar lo grande de lo trágico o lo trágico de la angustia. De ese triángulo se ha conformado lo mejor del teatro universal. Pero más reciente, a finales del siglo XVI y principios del XVII, William Shakespeare retomaría esos mismos principios de la angustia en obras como “Hamlet”, uno de los personajes más angustiantes y angustiados de la historia del teatro, o el celosísimo “Otelo”, impulsado por las maquinaciones de Yago hasta desembocar la angustia en asesinato.
En el siglo XX, tenemos dos obras como referentes obligados de la angustia: el drama “Calígula” del Premio Nobel argelino Albert Camus, en la que el personaje principal se transforma, a la muerte de la hermana, en un ser angustiado por los problemas de la existencia: vida, muerte, amor, celo, poder, etc.; en un ser angustiante frente a las personas de su entorno a quienes convierte en meta única de sus locuras y sus desenfrenos.
Otra obra del pasado siglo XX es “Esperando a Godot” del también Premio Nobel Samuel Beckett, quien es el único de los mencionados que parece entrever que el antídoto contra la angustia es la esperanza, aunque esta última sea improbable, como el caso que nos ocupa. Pero es una esperanza al menos, pareciera decirnos Beckett, una esperanza que nació como una promesa de Godot, hecha más por delicadeza, que por verdadero compromiso a Vladimir y a Estragón: “Si un día me necesitan, estaré en…”, el lugar no importa, pero sí la esperanza que encierra la promesa.

En el caso de la obra “Pablo K” de José Adolfo Pichardo, encontramos el personaje Calígula de Albert Camus, una hermana de por medio, mezclados con elementos del absurdo como recurso, que aunque nos deberían referir a Ionesco y a Beckett están más cercanos a Kafka, quien pareciera haber sugerido la K de Pablo.
Pero hablemos de los personajes de José Adolfo, que aunque se alimentan con técnicas de la tragedia clásica, no dejan de lado elementos vanguardistas del absurdo, tan populares a mediados del siglo XX. Sus personajes están siempre marcados por una patología, un desequilibrio adquirido en la niñez, una violencia irracional en los personajes masculinos, la locura, en los femeninos. A los personajes de José Adolfo no los salva nada, ni la esperanza de Vladimir y Estragón o el amor en Otelo, irracional, es cierto, pero pasión al fin y al cabo.
Sus personajes no siempre son personas. Dentro de un individuo puede haber un enfrentamiento despiadado entre su conciencia y su razón, entre una segunda conciencia y una segunda razón sin que falte la locura para convertir estos diálogos en auténticas personificaciones de lo escindido. El ser humano no es uno, es una multiplicidad de seres luchando y pugnando todos por controlar al individuo. Pablo K. es, en este sentido, el infierno personal que todos arrastramos, pero es además nuestro lado oscuro, una conciencia de culpa que encuentra su escape en el suicidio, en la renuncia de la esperanza.

José Adolfo también adopta en su obra elementos que son propios de la novela negra que popularizan en Estados Unidos un Raymond Chandler o un Dashiell Hammett. Elementos como el descubrimiento de un gran secreto encubierto tras otro gran secreto, hasta agotarse en un final nuevo para el drama, pero común en las historias de detectives.
A diferencia de otros dramas anteriores, en Pablo K. hay un mayor acercamiento de José Adolfo con el público. Aunque todavía coquetea con las personificaciones de los estados de ánimo y las interioridades humanas, lo hace más cercano, como si ya no temiera contagiarse de humanidad o lo que es igual, de debilidad.
Lo que les acontece a Pablo y a sus hermanos, es un drama de la cotidianidad. Lo extraordinario aquí es que es la primera vez que el autor se olvida del artificio literario para concentrarse en lo humano como centro de la obra. Con ello, gana un público que puede decidirse por amar u odiar o por simplemente sentir pena por la miseria de la condición humana reflejada en Pablo K y los demás personajes.
Felicito a José Adolfo Pichardo por este retrato de los infiernos interiores y por esta catarsis o como lo definiera Aristóteles en su poética, por esta “purificación emocional corporal, mental y espiritual”.









