Este lunes, en el almuerzo de la Cámara Americana de Comercio de la República Dominicana (AMCHAMDR), el ingeniero Luis Molina Achécar, presidente del Centro Financiero BHD, abrió su intervención con una advertencia poco frecuente en boca de un banquero: no venía a hablar de banca ni de finanzas, sino a compartir, como miembro del empresariado, los logros y aprendizajes de los últimos 35 años, pensando sobre todo en el relevo generacional. Lo que siguió fue una conferencia titulada Reflexiones sobre el rol de la empresa y la cultura en el progreso económico y social. Esta columna quiere hacer dos cosas a la vez: recoger lo esencial de ese discurso y rendir homenaje a quien lo pronunció, un hombre que lleva más de cincuenta años construyendo, con integridad, una de las instituciones financieras más sólidas del país.
Molina Achécar ingresó al Banco Hipotecario Dominicano en 1973, apenas meses después de su fundación. Fue contratado como ingeniero civil, egresado de la UASD con honores Magna Cum Laude, para evaluar la viabilidad de los proyectos que llegaban a una entidad que no alcanzaba diez colaboradores y tenía tres departamentos: análisis de crédito, legal e ingeniería. Cuenta él mismo que le “agarró la lógica” a la banca estudiando por su cuenta contabilidad y matemática financiera. Luego vendrían Babson College y el MIT, de donde regresó con una tesis que hoy parece obvia y entonces era audaz: la banca especializada estaba condenada y el futuro pertenecía a la banca de servicios múltiples. Convenció al consejo y, cuando el país abrió la puerta a la banca múltiple, el BHD ya había hecho la tarea y fue de los primeros en cruzarla. Fue gerente general, luego presidente del banco y del Centro Financiero, y desde allí condujo fusiones, alianzas y la transformación hacia una banca universal digitalizada. Con razón se le llama el decano del sector financiero dominicano.
Quienes hemos estado del lado del supervisor sabemos lo que vale una institución que llega con las cuentas claras, que no regatea las provisiones que debe constituir y que entiende la regulación como parte del negocio y no como un obstáculo. Esa cultura no nace sola: la siembra alguien desde arriba y durante mucho tiempo. En el caso del BHD, ese alguien tiene nombre y apellido, Ing. Luis Molina Achécar.

El ingeniero recordó que su anterior comparecencia ante AMCHAMDR fue en 1991, cuando el país salía de la década perdida. En 1990 la inflación cerró en 80 %, la devaluación fue de 79 % y el PIB cayó 5.4 %: una economía de guerra. De aquella crisis nació el Pacto de Solidaridad Económica, con la mediación de la Iglesia católica, que catalizó las reformas arancelaria y tributaria, liberalizó las tasas de interés y de cambio, y dio paso a la banca múltiple. Después llegaría el Pacto por la Democracia de 1994 y un rally de reformas de casi dos décadas.
Los resultados están a la vista: el PIB per cápita, medido en paridad de poder de compra, pasó de 65 % del promedio mundial en 1990 a superarlo en 12 % en 2025, y de 16 % del de Estados Unidos a 32 %. El FMI destaca no solo el nivel de esa convergencia, sino su velocidad. Tenemos un Banco Central fuerte, un sistema financiero solvente y un sistema electoral confiable. De ese período, el ingeniero extrae cuatro lecciones que cualquier consejo de administración haría bien en enmarcar: con diálogo y concertación se logran los avances; las crisis pueden convertirse en oportunidad; no hay que esperar a que la crisis nos obligue a dialogar; y no todos los pactos son exitosos, como lo demuestra la reforma educativa del 4 % del PIB. Su síntesis merece repetirse: sin concertación no hay reformas sostenibles, y sin reformas no hay progreso.
Aquí está, a mi juicio, el corazón del discurso. El crecimiento no depende solo de la capacidad de invertir y emprender, sino de la capacidad de dialogar, cooperar y construir consensos: el capital social, ese conjunto de redes, normas y confianza que permite a una sociedad lograr objetivos comunes. La cultura, dijo, son los valores, comportamientos, normas, principios y creencias compartidas por un grupo social, y esa cultura condiciona las conductas: ciudadanos confiables, cooperadores, respetuosos. El capital humano no es solo cognitivo; es también cívico. Corea, Singapur, Alemania y Japón combinaron su despegue económico con una apuesta deliberada por la educación cívica y del carácter. Y, citando a Fukuyama, la confianza construye capital social, y el capital social conduce a la prosperidad.
Un banco es, en esencia, confianza administrada. Nadie deposita su dinero en una hoja de balance; lo deposita en la certeza de que las personas que dirigen la institución harán lo correcto cuando nadie las esté mirando. Por eso la integridad no es un adorno del negocio bancario: es su materia prima. Apenas semanas atrás, en San Francisco de Macorís, el propio Molina Achécar lo resumió al plantear que la ética debe asumirse como principio empresarial y que el progreso individual y colectivo se construye con las decisiones que tomamos cada día. Su filosofía de gestión, ser una institución de éxito económico y humano que alinea sus intereses con los de la sociedad, es la traducción corporativa de ese mismo principio.
El discurso cerró con tres retos. El primero, y el más urgente: reformar la educación desde el nivel inicial hasta el superior, para formar buenos técnicos y profesionales que sean, además, buenos ciudadanos; desde 2013 el Estado ha destinado unos 50 mil millones de dólares al Ministerio de Educación con resultados magros. El segundo: llegar a ser una economía de ingreso alto y alcanzar el grado de inversión, sosteniendo el crecimiento con productividad e innovación. La advertencia es seria: Chile, México y Brasil se estancaron al alcanzar 42 %, 35 % y 30 % del PIB per cápita de Estados Unidos, y nosotros ya estamos en 32 %, justo en el umbral de la trampa de los ingresos medios. La estrategia Meta RD 2036 y las recomendaciones del FMI marcan el camino. El tercero, el más disruptivo: la inteligencia artificial, que bien usada y normada por los Estados puede traer prosperidad y, sin salvaguardas, convertirse en un instrumento de alto riesgo.
Hay un hilo que une los tres momentos del discurso con la biografía de quien lo pronunció. Molina Achécar vivió la crisis de 1990 desde adentro del sistema financiero, apostó por las reformas cuando eran incertidumbre, construyó una institución sobre la base de valores y hoy, con más de cinco décadas de trayectoria, dedica su tribuna a hablarles a los empresarios jóvenes de educación, cultura y dignidad humana. Cerró recordando el artículo 38 de la Constitución, que declara sagrada, innata e inviolable la dignidad de la persona, y a Pico della Mirandola: el ser humano es soberano artífice de la obra que prefiera, y remató con una frase que vale como programa de país: la República Dominicana no tiene un destino fijo; será lo que sus líderes y su gente decidan construir.
A él le gusta citar a Séneca: al barco que no tiene dirección, ningún viento le favorece. El BHD ha tenido dirección durante más de medio siglo porque tuvo al timón a un hombre que entendió que el éxito duradero solo se construye sobre la integridad. La banca dominicana, y el país, le deben un reconocimiento que va más allá de las cifras. Desde esta columna, con respeto y gratitud: gracias, ingeniero.
La columna “La Banca Dominicana por Dentro”, es desarrollada por Jesús Geraldo Martínez, en el interés de aportar al fortalecimiento del Sistema Financiero Dominicano desde una perspectiva analítica y práctica orientada a la formación de conocimientos y divulgación de informaciones exclusivas de dicho sector. Para contactar con el autor. Email jesusgeraldomartinez@icloud.com, o seguir a @Jesusgeraldomartinez en Instagram








