Cada generación va renombrando antiquísimos conceptos, una suerte de esperanza disfrazada para convencernos de que los tiempos cambian y con ellos nosotros.
Borges siempre estuvo claro, muy temprano nos advirtió que “un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra”.
Lo que ahora llamamos “política cool”, “nueva política”… en fin, nombres o etiquetas que van desde post en las redes hasta repeticiones en discursos.
¿Iconoclasia? ¿Síndrome de matar al padre?
Hoy que las candidaturas, más que nunca antes, dependen de sí mismas (de quién es candidato, candidata o candidate” y el presupuesto del cual dispone), lo que tiene en la cabeza sale en la boca. Y eso no es nuevo.
Importa el sustento de la idea, no que se repitan frases. Importa quien dirija la campaña, no solo un “asesor” con complejo de ventrílocuo.
No es “aparentar”, es ser…lo que se sea pero ser auténtico, ser capaz de diferenciarse.
El tiempo se les agota y parecen perdidos en la forma. Muchos aspirantes a cargos legislativos y otros “dirigentes”, nos dejan la convicción de que juegan a la política mientras se les encarece la “logística del día D”, por no atender lo que dice el librito.
Pero siguen jugando y alguien recuerda, desde el más abyecto anonimato, que “la casa pierde y se ríe”.








