Compadezco a quienes solo tienen o han tenido una madre. Los que hacen suyo aquello de que “madre, solo hay una”, y dejan caer el dejo de la ternura perdida en los días en que nada importaba más que llegar al regazo de mamá.
Mi fortuna ha sido inmensa pues, Dios en su inmensa misericordia, me premió con varias a las que nunca me ha alcanzado el corazón, la voz y el bolsillo (si, aunque suene feo), para honrar como manda la Biblia, a las mujeres que me formaron en amor, disciplina y sacrificios propios para labrar mi futuro.
Milagros, la madre de un único hijo, decidió sacrificar cada día y cada hora a ser plena y únicamente madre. No existe mayor ejemplo de entrega y sacrificio que el que se hace en plena conciencia de la vida, que se sabe lo que se entrega y con amor darlo. Sus sacrificios, aun a estas alturas de la vida, se manifiestan en cada amanecer y en cada instante.
Nancy, la madre que me regaló Dios con tres hermanos, es el ejemplo de que amar está primero si se quiere ser feliz. Y siempre hemos sido felices. La alegría me desborda cuando desde la más tierna infancia, la gente me distinguía por el extraordinario parecido físico con ella, sin embargo al tiempo las semejanzas han sido por la crianza en la que fue fundamental: heredar la lectura como pasión y el trabajo como oficio.
Clara y Graciela, fueron y son, mis ángeles que me asisten cuando las cosas no salen como hemos planeado: la primera responde con sus recuerdos a la pregunta de qué hacer y la segunda, con su risa y pasividad, me precisa cuándo hacerlo.
Finalmente una, a la que no pude conocer más que en fotografías, estuvo presente siempre pues es una abuela que celebró mi nacimiento y pronto partió a la eternidad, pero que la familia la hace presente pues la genética me reafirma como «el nieto de Olimpia».
He sido un privilegiado.
Celebrar la vida con mis madres en salud, en amor y en paz, es el mejor regalo que pueda tener una vida y esto tengo.
¡Gracias a Dios!








