Cada 21 de octubre la República Dominicana celebra el Día Nacional del Poeta. La fecha no es arbitraria: coincide con el natalicio de Salomé Ureña Díaz de Henríquez (Santo Domingo, 21 de octubre de 1850 – 6 de marzo de 1897), la figura central de la lírica dominicana del siglo XIX y pionera de la educación formal de la mujer en el país.
Hija del poeta y educador Nicolás Ureña de Mendoza y de Gregoria Díaz, Salomé creció en un entorno donde la lectura de los clásicos españoles y franceses formó tempranamente su sensibilidad. A los quince años ya escribía versos; a los diecisiete publicó los primeros bajo el seudónimo de Herminia. En 1874, siete de sus poemas aparecieron en Lira de Quisqueya, la primera antología poética dominicana. Seis años más tarde, la Sociedad Literaria Amigos del País patrocinó su libro Poesías (1880), prologado por Fernando Arturo de Meriño, que consolidó su prestigio.
Su obra, aunque no muy extensa (alrededor de sesenta composiciones), se distingue por la altura formal y la hondura de sus temas. Alternó el registro íntimo y familiar —El ave y el nido, Melancolías, Mi Pedro (dedicado a su hijo Pedro Henríquez Ureña), A mi madre— con una poesía cívica y patriótica de notable fuerza: Ruinas, A la Patria, La gloria del progreso, La fe en el porvenir y Mi ofrenda a la Patria. En estos versos la patria no es abstracción retórica, sino espacio concreto de esperanza, dolor y reconstrucción tras las turbulencias del siglo XIX. Críticos de su tiempo y posteriores la reconocieron como una de las voces más elevadas de la poesía hispanoamericana de su generación.

Pero Salomé no se limitó a la palabra escrita. Influida por las ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos y con el apoyo de su esposo, el médico, abogado y político Francisco Henríquez y Carvajal, fundó en noviembre de 1881 el Instituto de Señoritas, el primer centro de enseñanza superior para mujeres en la República Dominicana. En 1887 se graduaron las primeras seis maestras normalistas: Leonor M. Feltz, Luisa Ozema Pellerano, Ana Josefa Puello, Mercedes Laura Aguiar, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou, entre otras que siguieron. El instituto no solo formó docentes; contribuyó a abrir espacios de ciudadanía intelectual a las mujeres dominicanas en una época en que esos espacios eran casi inexistentes. Sus hijos —Pedro, Max, Francisco y Camila Henríquez Ureña— prolongaron y ampliaron ese legado en las letras y el pensamiento hispanoamericanos.
El Día Nacional del Poeta, instituido en homenaje a su natalicio, trasciende la conmemoración individual. Es también un reconocimiento a la función que la poesía ha cumplido en la construcción de la identidad dominicana: desde la lírica patriótica del siglo XIX hasta las voces sociales y de denuncia del siglo XX (Pedro Mir, declarado Poeta Nacional por el Congreso; Aída Cartagena Portalatín, Franklin Mieses Burgos, Manuel del Cabral y tantos otros), la palabra poética ha sido memoria, crítica y horizonte de sentido.
En un tiempo en que la cultura escrita compite con otras formas de expresión, recordar a Salomé Ureña no es solo un acto de justicia histórica. Es reafirmar que la poesía, cuando se une al compromiso educativo y cívico, sigue siendo una de las maneras más profundas de fundar y cuidar la patria.









