Roque Dalton, es uno de los poetas, periodistas y novelistas más representativos de El Salvador. Pertenece a la generación de la segunda mitad de escritores del pasado siglo XX. Su obra poética y narrativa tienen un contenido iconoclasta. Su formación inicial se desarrolló en colegios religiosos de la orden jesuita. Estudió durante un año la carrera de derecho en Chile, incursionó de forma determinante en la lectura de obras de contenido marxista, que lo llevaron desde muy joven a forjarse un criterio ideológico apegado a esta corriente de pensamiento.
No se graduó de abogado debido a los asedios políticos en lo que se vio envuelto en su país. Por su posición ideológica fue perseguido, encarcelado y enviado al exilio. Vivió en México (1961) y Cuba (1962). Viajó a Moscú donde participó en el VI Festival Mundial de la Juventud. También visitó en misiones políticas y de trabajos periodísticos a Corea, Checoslovaquia y Vietnam.
En sus obras se aprecia una marcada influencia de los escritores clásicos Francisco de Quevedo, Mark Twain y Oscar Wilde; y de los poetas y escritores que en su momento fueron considerados de vanguardias, como el ruso Vladimir Maiakovski, los franceses Saint John Perse, Henri Michaux, Jacque Prévert, el peruano César Vallejo, los chilenos Pablo Neruda y Nicanor Parra, el nicaragüense Ernesto Cardenal. Así como de los pensadores latinoamericanos: Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo, José Enrique Rodó y José Ingenieros.
Roque Dalton fue merecedor durante los años 1956, 1958 y 1959; del Premio Centroamericano de Poesía. En 1963, ganó una mención honorífica en el Concurso Literario Casa de las Américas, con su poemario: “El turno del ofendido”, y en 1969, obtuvo el Premio Casa de las Américas, con su obra: “Taberna y otros lugares”.
Su obra poética y narrativa posee un contenido y estilo irreverente, irónico y sarcástico, formas que dominó con maestría y asumió con responsabilidad. Este interesante poeta fue considerado un “Hombre para quien la vida y la obra no son aspectos disociables”. El poeta nacional de El Salvador “…encontró en la poesía el elemento perturbador del orden establecido”. Cabe destacar que: “Su poesía sigue una evolución que se inicia con cantos al estilo Neruda, avanza hacia la expresión de lo nacional y culmina en la poesía de ideas”.
José María Gómez Duque, en su: “Antología de la Poesía Hispanoamericana”, expresa sobre Roque Dalton que: “Desde muy joven inicia una intensa actividad política que le lleva al exilio y la muerte a manos de extremistas del propio grupo en el que militaba. Su poesía sincera, humana y solidaria se encuentran en un lugar de privilegio dentro de las letras centroamericanas”.
Estudiosos de la vida y obra literaria de Roque Dalton, sostienen que: “…fue ejecutado por sus compañeros de armas, que abandonaron su cuerpo en un paraje agreste donde fue despedazado y devorado por las fieras”. La noticia de su asesinato, ocasionó la indignación de muchos escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos, encabezado este grupo por el escritor argentino Julio Cortazar.
En 1976, publicó su novela: “Pobrecito poeta que era yo…”, donde analiza y cuestiona severamente al sistema social que le tocó vivir.
Entre sus obras podemos destacar: Poesía “La ventana en el rostro” (1961); “El turno del ofendido” (1963); “Los testimonios” (1964), “Taberna y otros Lugares” (1969); “Los pequeños infiernos” (1970); “Poemas clandestinos” (1981). Biografía: “Miguel Mármol” (1970). Ensayo: “César Vallejo” (1963), “¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha” (1970). Narración: “Las historias prohibidas de pulgarcito” (1974). Novela: “Pobrecito poeta que era yo…”.
Muestra poética de este interesante hombre de la literatura salvadoreña de todos los tiempos.

Alta hora de la noche
Cuando sepas que he muerto, no pronuncies mi nombre
porque se detendrá la muerte y el reposo.
Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,
sería el tenue faro buscado por mi tiniebla.
Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrimas, pan, tormenta.
No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.
No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto
desde la oscura tierra vendría por tu voz.
No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre,
cuando sepas que he muerto, no pronuncies mi nombre.
El vanidoso
Yo sería un gran muerto.
Mis vicios entonces lucirían como joyas antiguas
con esos deliciosos colores del veneno.
Habría flores de todos los aromas en mi tumba
e imitarían los adolescentes mis gestos de júbilo,
mis ocultas palabras de congoja.
Tal vez alguien diría que fui leal y fui bueno.
Pero solamente tú recordarías
mi manera de mirar a los ojos.
Desnuda
Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua
cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como a un niño perdido
que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que se nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a la sombra los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnudas,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.
Poema de amor
Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y como “gold roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de donde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de la bananera,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaeros,
los guanacos hijos de puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo
mis compatriotas,
mis hermanos.








