En mil días exactos el ciudadano Luis Abinader se convertirá en expresidente y ese sábado 16 de agosto de 2028 dejará para siempre de ser el inquilino del Palacio Nacional.
Hoy inicia la cuenta regresiva más delicada de su carrera: terminar con dignidad un segundo mandato que empezó con 53 % de aprobación y hoy ronda el 60-65 %, pero que arrastra expectativas por cumplir y los riesgos de erosión acelerada.
El principal reto es económico. El crecimiento de 4-5 % anual es sólido, pero la deuda pública supera el 60 % del PIB, la presión fiscal crece y la reforma fiscal pendiente puede convertirse en su Ley de Lemas dominicana si se ejecuta mal o demasiado tarde. La inseguridad ciudadana, pese a la reforma policial, sigue siendo el talón de Aquiles: cada fin de semana de violencia recordará que la percepción no acompaña las estadísticas oficiales.
En lo político, el gran desafío es interno. El PRM es hoy un partido presidencialista sin sucesión clara. Abinader ha centralizado el poder como pocos presidentes modernos, lo que le ha dado eficacia pero le quita relevo. Suenan nombres pero ninguno ha logrado todavía el peso nacional ni proyectar (al menos en público) la lealtad incondicional para convertirse en el (o la) «delfín”.
El reloj corre. Si Abinader quiere proyectar su destino político más allá de 2028 —ya sea como líder moral del PRM o como árbitro de la centro-derecha dominicana— necesita dos cosas urgentemente: resultados palpables en seguridad y presión fiscal, y un heredero político que asuma el “luisismo sin Luis”.
Esa mañana, cuando en mil días deje de ser el excelentísimo señor presidente de la República, entregará el poder a un delfín propio que logre consolidarse, o compartirá el liderazgo con una figura fuerte de su propio partido que termine eclipsándolo, o —quizás el peor escenario para él— ver cómo la oposición (sea verde, morada o un independiente carismático) capitaliza el desgaste natural del poder y le sucede en la silla de alfileres.
Los próximos mil días definirán si Abinader pasa a la historia como el presidente que modernizó el Estado o como el que, teniendo todo a favor, no supo construir sucesión.








