Hay quienes comparan, en la más elemental manera de explicar la administración pública, la dirección estatal con la de un padre de familia.
En buena parte lo es. Resulta válido comparar el carácter, templanza y determinación del primer hombre (o mujer) de una nación cuando de marcar el paso, rendir resultados, ser eficientes en el cargo asumido y ejecutarlo con eficacia.
El apagón de ayer fue un infortunio: un fallo en cascada del sistema interconectado (SENI).
Nadie ha calculado aún cuántos millones ha dejado de pérdidas.
La oposición se ha centrado, con mucha razón, en replicar la indignación de las generaciones más recientes de dominicanos a los que un apagón de tal naturaleza les resulta totalmente ajeno.
Hablo de lo que mi generación llamaba “un apagón general”.
En otras administraciones, las del pasado que cada vez se hace más presente, la explicación no solo se limitaba a lo evidentemente técnico: “fue una falla”, “se está trabajando”, “no hay hora de restablecer el servicio”.
Así no se supo dónde fue a parar la célebre chichigua de Luis Sauri, para citar un ejemplo.
En esos tiempos el decreto de sustitución hubiese llegado con el restablecimiento de la luz y como la costumbre era aplaudir cuando se reestablecía el servicio, las palmadas se hubiesen confundido si eran por la llegada de “Mejía” (como le decían en el Esta a la energía eléctrica) o por la salida del funcionario.
Con Balaguer, por ejemplo, hubiesen rodado cabezas.







