Con todo el derecho que le asiste, un minúsculo grupo de manifestantes que se declaran “chavistas” se congregaron frente a la gobernación de Santiago. La idea era, sabrá Dios si encontrará lógica, denunciar el atropello a una patria ajena que, en un malentendido “sentimiento latinocaribeñista”, asumen suya la “ofensa”.
Con todo el derecho que le asiste, una joven reportera de origen venezolano cubría profesionalmente la actividad para sus medios; una jornada que estaba llamada a pasar inadvertida. Sin embargo, el espectáculo se tornó infeliz cuando, al notar su acento y confirmar su nacionalidad, la arenga se volcó contra ella.
Llegaron al punto de intentar agredirla, y a eso no tiene derecho nadie, por más radical que sea su causa o por más desbordada que esté su pasión. Gracias a la intervención de un colega suyo, solidario y con capacidad de repeler la acción cobarde, el agresor huyó escondiéndose entre los gritos.
Fue un bochorno a dominicanos y venezolanos. Un infeliz espectáculo que no debe repetirse.







