La sátira política fue uno de los géneros que con mayor acierto dominó el genio del teatro recientemente fallecido, don Franklin Domínguez. Conjugadas en una pieza, dos de sus grandes pasiones, el teatro y la política, su obra “Se busca un Hombre honesto”, constituyó un montaje casi obligatorio en las generaciones de estudiantes de teatro, clubes culturales y parroquias por su severa y entretenida crítica social y política a los defraudadores de la aventura democrática que iniciaba en las décadas posteriores a la dictadura trujillista.
Esta obra, escrita en 1963, se desarrolla en la ficticia “República Sálvese Quien Pueda” y gira en torno a la búsqueda de un candidato presidencial íntegro tras el derrocamiento del presidente anterior, en un contexto de crisis política y social. La comedia critica con humor las luchas de poder entre tres partidos políticos: “Todo para Mí”, “Todo para Nadie” y “Todo por la Fuerza”, que representan diferentes ideologías y actitudes.
El personaje central es Diógenes, inspirado en el filósofo griego Diógenes de Sínope, quien busca inútilmente con su linterna un hombre honesto, simbolizando la dificultad de encontrar virtud en un entorno corrupto. La obra combina diálogos ingeniosos y personajes caricaturescos para reflexionar sobre la corrupción, la ambición y la falta de integridad en la política, manteniendo un tono humorístico pero con un trasfondo cercano a la tragedia por la imposibilidad de hallar esa honestidad.
Don Franklin no solo estudió teóricamente la política y lo político, sino que además lo vivió desde dentro: en el proselitismo, en la resistencia, subversión, en el poder (en la gloria y la soledad), en la oposición y en la búsqueda de camino propio, pues, fundó un partido.
¿Por qué la honestidad? ¿Por qué caló tan hondo en el alma nacional aquella crítica? Sin dudas es una de las obras más representadas en la República Dominicana, destacada por la dolorosa vigencia de crítica social. Pero resulta interesante que ante la degradación que vive la sociedad, el valor de la honestidad destaca.
La honestidad no se pregona, no se autoproclama. Se otorga, como un cetro legítimamente conquistado, a quienes han rebasado el lodo de la corrupción, surcado los mares de las tentaciones y, para usar una referencia bíblica, no se ha sentado en “silla de escarnecedores”.
Cicerón limitó honradez al cumplimiento de obligaciones, con el fin de ser recto. Sócrates entendía la honestidad como un valor intrínseco a los seres humanos, inseparable de la verdad, la justicia y la integridad moral, así como de la autoconciencia; mientras que Platón sugirió que la honestidad implica mostrar el “verdadero yo” sin distorsiones, evitando la retórica o el artificio.
Visto lo anterior y volviendo a la obra teatral, es evidente que los partidos que conforman en cierto modo la esencia de la historia, ninguno constituyen un espacio para hombres honestos: los insaciables de “Todo para Mí”, los idealistas pero egoístas de “Todo para Nadie” y los brutales “Todo por la Fuerza”.
Pero algo subyace en la trama, cierta inocencia en los diálogos, la oquedad de los líderes, la insensatez, la ingenuidad de creer ciertas las loas, el apego a lo efímero y la convicción de que “el pueblo” (esa voz que surge al fondo), le cree todo lo que dice, por la sencilla razón de que él lo dice.
He vuelto a esta obra ahora que nos ha dejado de este plano su autor, un verdadero santiaguero universal al que la ciudad le debe un digno homenaje, coincidiendo con ciertos criterios que sobre la honestidad se discute.
“Se busca un hombre honesto” es un retrato atemporal de la corrupción y la lucha por la integridad en la política, por lo que me pregunto: ¿por qué este clásico del teatro dejó de exhibirse pese a su evidente y extraordinaria vigencia? ¿Seguiremos buscando al hombre honesto, o nos conformaremos con la “República Sálvese Quien Pueda”? ¿O es que acaso ya encontramos al hombre honesto que Diógenes no pudo encontrar? ¿Acaso apareció?







