Por Rafael N. Fernández (Escritor y poeta dominicano)
La frecuencia con que ocurren episodios de violencia contra la mujer en la República dominicana es algo alarmante, es una sombra que camina con los días y que debe llevar a un análisis serio y profundo de nuestra sociedad, es una situación que no debe ser ignorada y que amerita de la atención del gobierno central cuanto antes.
Lo más preocupante e indignante es que no se está haciendo nada para evitar esos actos de salvajismo que destruyen vidas y dejan a familias enteras laceradas psicológicamente y desamparadas.
En nuestro país, es necesario crear centros de concienciación ciudadana donde se impartan cursos sobre el manejo de las emociones y se le brinde asesoría psicológica tanto a mujeres como a hombres.
Otro punto a debatir es cómo lo mediático influye en el comportamiento de la sociedad, constantemente estamos siendo bombardeados por mensajes negativos que condicionan la conducta del ciudadano común: Reguetón, bachata, merengue urbano o de calle, programas radiales y televisivos de contenido despectivo, etc. Todo ese incorrecto bombardeo de información, por lo regular, se convierten en el detonante de las primeras reacciones de quienes atraviesan por problemas emocionales y no tienen una conducta estoica o carecen de educación emocional.
Sin embargo, la comisión de espectáculos públicos permanece en silencio, de brazo cruzado ante el auge del manejo incorrecto del lenguaje, de la ostentación de la obscenidad, de la agresión a la mujer a través del lenguaje soez y de la cualquierización de los medios de comunicación.
Existe cierta indiferencia y cierta complicidad respecto al tema, vemos cómo el deceso violento de una mujer es justificado por su comportamiento, como si nos encontráramos en los tiempos de Hipatia de Alejandría que fue asesinada cruelmente por una turba enfurecida de cristianos, tan solo por ser una mujer de ciencia, por actuar y pensar por sí misma.
Tanto el hombre como la mujer deben entender que la posesividad solo conduce a la negación de libertad, a la sujeción de lo que se considera poseído.
Es imperante que se tomen medidas efectivas, que sean aplicables, que se adapten a las circunstancias y a la realidad en que perviven quienes padecen los maltratos.
A la mujer que es, por lo regular, la que sufre las agresiones físicas, se le debe preservar su integridad y, por ende, se le deben asignar las herramientas necesarias para defenderse, en tal caso, propongo que se le asignen electrocutores de alta calidad, gas pimienta y que se le habilite en técnicas de defensa personal.
En caso del victimario, las medidas deben ser estrictas y ejemplarizantes, no basta con llevarlo a la cárcel y dejarlo ahí, para luego de un tiempo, a través de la observación de su comportamiento, reducirle la pena y devolver un monstruo a la sociedad, tan solo porque actúa de forma tranquila, sumisa y exhibe un temperamento aparentemente afable o santurrón.
Quienes tienen conductas violentas saben cómo escudarse en la mitología de la fe para convencer a los demás que se le debe reducir la pena o dejarlos en prisión domiciliaria como gratificación a su ¨buen comportamiento¨
Muchas veces, no muestran signos delatores e incluso saben disimular muy bien cuando quieren alcanzar su objetivo.
No debemos olvidar que el cerebro como eje central del comportamiento humano ejerce un rol determinante en las emociones, en la forma en que reaccionamos ante cualquiera situación, sea positiva o negativa.
Las emociones, como la alegría, la tristeza o la ira, son respuestas biológicas que surgen en nuestro cerebro e influyen en nuestra manera de pensar y de actuar, saber manejarlas requiere de cierto nivel de inteligencia y de conocimiento.
La psicología aborda esa problemática con gran profundidad y nos da un análisis más acabado de los patrones de conducta y de las razones interiores o estigmas que nos hacen actuar como actuamos, cosa que debe tomarse muy en cuenta a la hora de lidiar con cierto comportamiento.
El lenguaje corporal es una señal casi inequívoca del proceder de una persona, si su forma de hablar viene acompañada de gesticulaciones bruscas, de voz altisonante e inconformismo ante cualquier simpleza, podemos estar seguro que, ante una situación de estrés o de estorbo prolongado, se alzará con más fiereza y locura que un león sobre su presa.
Nuestra sociedad está llena de personas con esas características, de personas que, hasta al saludar, se expresan de forma agresiva, que no se conocen así mismas, ni respetan el derecho que tienen los demás a ser libres, a estar tranquilos, a decidir qué hacer o que no hacer en determinado momento.
Ser capaz de controlar nuestras emociones, nos convierte en mejores seres humanos, pues estar en paz, depende tanto de la salud mental como de la física, pero indudablemente la salud física depende de la mental.
Nuestra sociedad está enferma, el desequilibrio emocional, la ignorancia y la descomposición social la han cubierto con un pardo y terrible manto de horror, insensibilidad e insensatez.
Los recientes casos de violencia contra la mujer dan constancia de dicha afirmación y pruebas suficiente para que, se tomen medidas y se comience desde ya a buscarle una solución definitiva a los males que sin piedad nos aquejan y nos deshumanizan, entre ellos, la ignorancia y la falta de control emocional que, sin duda alguna, son los que, con más crudeza, voracidad e inclemencia, condenan y atacan a uno de los pilares fundamentales de la familia, al pilar de la procreación, a la que hace posible la especie y la prolonga sobre la faz de la tierra.









