Este lunes se cumplen 29 años de la muerte de Diana de Gales, ocurrida el 31 de agosto de 1997 en París, pero su figura continúa ocupando un lugar singular en la memoria colectiva. A diferencia de otros miembros de la realeza británica, Diana consiguió proyectarse más allá de la institución y construir una identidad pública que sobrevivió al matrimonio, al divorcio y, finalmente, a su muerte.
Diana Frances Spencer tenía 36 años cuando el Mercedes-Benz en el que viajaba junto a Dodi Al-Fayed, el conductor Henri Paul y el guardaespaldas Trevor Rees-Jones chocó contra una columna del túnel del Pont de l’Alma, mientras el vehículo intentaba alejarse de los paparazzi que los perseguían. Dodi Al-Fayed y Henri Paul murieron en el lugar; Diana fue trasladada al hospital La Pitié-Salpêtrière, donde falleció horas después a consecuencia de las heridas.
La tragedia puso fin a una vida pública marcada por una relación compleja con la monarquía. Diana se casó en 1981 con Carlos, entonces príncipe de Gales y hoy rey Carlos III, en una ceremonia que fue presentada como una boda histórica. La pareja tuvo dos hijos, Guillermo y Enrique, pero el matrimonio terminó en separación en 1992 y divorcio en 1996.
Durante esos años, Diana pasó de ser una joven aristócrata sometida al estricto protocolo de la Corona a convertirse en una de las personas más fotografiadas del mundo. Su cercanía con la gente, su participación en campañas humanitarias y su disposición a abordar públicamente asuntos que durante mucho tiempo habían sido incómodos para la familia real contribuyeron a que la prensa la bautizara como «la princesa del pueblo».
Uno de los aspectos que contribuyeron a consolidar esa transformación fue su relación con la moda. Después de su separación, Diana utilizó con mayor libertad su vestuario para construir una imagen propia, alejada de la estética estrictamente protocolaria de sus primeros años en la familia real. El llamado «vestido de la venganza», un diseño negro de Christina Stambolian que lució en 1994, se convirtió en uno de los ejemplos más conocidos de cómo su apariencia podía funcionar también como una declaración pública.
Pero su influencia no quedó limitada a aquel vestido. Los jerséis de inspiración preppy, las camisas, los blazers, los pantalones de cintura alta, las botas ecuestres y los conjuntos deportivos que utilizaba fuera de sus compromisos oficiales han reaparecido en las tendencias de las últimas décadas. Incluso algunos de esos códigos han sido retomados por integrantes de la propia familia real, entre ellas Catalina, princesa de Gales.
El fenómeno también revela hasta qué punto Diana consiguió convertir su imagen en una marca cultural independiente de la institución monárquica. Sus fotografías continúan circulando en redes sociales, sus prendas son reinterpretadas por diseñadores y las producciones audiovisuales sobre su vida siguen acercando su historia a generaciones que ni siquiera habían nacido cuando murió.
A ello se suma ahora el interés renovado por su historia familiar. Charles Spencer, hermano de Diana, publicará el próximo 22 de septiembre el libro El canto del cisne. Diana, mi hermana, en el que aborda la vida de la princesa desde la perspectiva de quien compartió con ella parte de su infancia y su trayectoria familiar. La publicación coincide con el aniversario 29 de su muerte y vuelve a colocar a Diana en el centro de la conversación editorial.
La muerte de Diana también dejó una estela de teorías de conspiración sobre las circunstancias del accidente, ninguna de las cuales ha sido respaldada por las investigaciones oficiales. La enorme atención que generó el caso, sin embargo, contribuyó a mantener vigente el interés por una mujer cuya vida quedó atrapada entre la maquinaria de la monarquía, la presión de los medios y una creciente necesidad de controlar su propia imagen.
A 29 años de aquella madrugada en París, el legado de Diana resulta más complejo que la imagen de la princesa convertida en celebridad. Su influencia se encuentra tanto en la manera en que la familia real gestiona su relación con el público como en la cultura de las celebridades y en una industria de la moda que continúa recuperando sus códigos. Diana murió a los 36 años, pero su personaje público quedó suspendido en el tiempo y continúa siendo reinterpretado.








