Hace muchos años ya, mientras caminaba por una de las calles principales de mi barrio (Avenida Imbert), sector Gurabito de Santiago de los Caballeros, encontré tirado en un montón de basura dos libros que, debido al amor que me impregnó mi madre, Reyna María Acevedo hacia los libros, tomé sin saber que eran dos joyas literarias. Los títulos: “Por los mares de la dama”, una edición, si no me traiciona la memoria de 1976, obra poética del poeta, escritor, dramaturgo, crítico de arte e intelectual Manuel Rueda y “Los niños célebres”, una obra de tapas duras editada en Madrid, España, en el 1905.
El primero, “Por los mares de la dama”, lo regalé a mi amigo, hoy dramaturgo y poeta José Adolfo Pichardo; y el segundo, me quedé con él, en principio por curiosidad. Luego me dispuse a conocer su contenido. La obra era una antología de historias biografiadas de los niños: “Juan Pico de la Mirandola”, “Felipe Lippi”, “Pedro Gassendi”, “Enrique de La Tour D Auvergne”, “Juan Bart”, “Juan Felipe Renau”, “Alejandro Pope”, “Benjamín Franklin”, “Carlos Linneo”, “Amadeo Mozart” y “Johann Joachim Winckelmann”.

Después de conocer la vida de todos estos genios precoces, me conmovió sobremanera la narrada del niño Juan Joaquín Winckelmann, quien había nacido en Stendal, Brandeburgo, Alemania el 9 de diciembre de 1717. El niño era hijo de un zapatero remendón que lo poco que ganaba lo consagraba a la educación de su hijo, el cual demostró desde temprana edad interés por el estudio de las artes. Cuando su padre enfermó, Winckelmann ejerció por un tiempo la profesión de su padre. El director de la escuela donde estudiaba le dio protección y Winckelmann se dedicó al estudio de las artes romanas y en especial, de las griegas.
El director del colegio Baaken le confió la enseñanza de sus alumnos y el salario que obtenía se lo enviaba a su padre que permanecía hospitalizado. El rector de la escuela de su pueblo lo llamó para darle la plaza de jefe de los coristas. Luego el Conde Heinrich Von Bunau, que fue para Winckelmann una especie de mecenas, lo hizo archivero de la biblioteca de su castillo de Nothnitz, y allí empezó a escribir su famosa obra: “Historia del Arte de la Antigüedad”.

El nuncio del Papa, cardenal Albani, fue a visitar la biblioteca de Bunau y quedó sorprendido de la sabiduría de Winckelmann, y le encomendó que fuera a vivir a Roma. Confiado en la recomendación, marchó hacia esa ciudad, donde escribió todas sus obras, sintiendo el respeto de los escritores, filósofos, intelectuales y humanistas de la época, porque había sido nombrado miembro de todas las academias de Italia; las de Alemania e Inglaterra también le admitieron.
En Alemania recibió todos los honores y reconocimientos. Partía lleno de gloria, pero quiso hacer una pasada por Trieste. En el camino, un delincuente llamado Francesco Archangele, perseguido por la justicia, insinuó sentir admiración por Winckelmann, el cual le enseñó la medalla de oro que había recibido de la emperatriz María Teresa de Alemania. Al llegar a Trieste, el ladrón se hospedó en el mismo lugar, y por la noche trató de ahogarlo. Winckelmann intentó defenderse, pero el criminal le infirió una herida en el vientre. Los huéspedes tocaron a la puerta al escuchar el ruido, y asustado, Archangele huyó sin la medalla que era el móvil del crimen. Las heridas producidas al gran pensador y humanista alemán eran mortales y expiró después de siete horas de intensa agonía, el 8 de junio de 1768.

Entre las obras de este famoso arqueólogo, pensador, historiador de arte y humanista alemán están: “Historia del arte de la antigüedad”, “Sus observaciones sobre la arquitectura antigua” y “Cartas acerca de los descubrimientos hechos en Herculano, Pompeya e Italia”.
Johann Joachim Winckelmann influyó de forma considerable en la apreciación del arte antiguo, planteó conceptos novedosos sobre la estética, que sirvieron para la interpretación y el estudio consciente de la pintura, escultura y arquitectura.

Winckelmann negaba que el arte deba tender a algún fin moral, le asigna como meta la belleza exterior, que limita la belleza visible, refiere que hay tres especies de belleza: Primero, la belleza de la forma; Segundo, la belleza de la idea, que se expresa por la posición de las figuras; y Tercero, la belleza de expresión, que resulta del acuerdo de las dos anteriores bellezas. Esta belleza de la expresión es el fin supremo del arte, según Winckelmann, la realizó el arte antiguo, por consiguiente, el arte moderno debe tender a imitar el arte antiguo, era su propuesta.
Este ilustre anticuario alemán sigue ocupando mi atención, que empezó en la adolescencia con el hallazgo de un libro extraordinario que aún conservo, titulado “Los niños célebres”.









