
Contrario a lo que pudiera parecer, la poesía dominicana destaca por ser uno de esos extraños hechos en el que los escritores se encuentran mejor expresándose en verso que en prosa. Durante finales del siglo XIX y principios del XX lo testimonia la cantidad de escritores que se destacó en el género poesía. En este contexto mencionaremos como ejemplo a: Enrique Henríquez, José Joaquín Pérez, Salomé Ureña, Gastón Fernando Deligne, Fabio Fiallo, Valentín Giró, Federico Bermúdez, Osvaldo Bazil y Ricardo Pérez Alfonseca. Estos fueron influidos por los movimientos que para la época estaban en boga en la isla: El Romanticismo, El Parnasianismo y El Modernismo.
No sería hasta 1912, y de la mano de Otilio Celestino Vigil Díaz, que surgiría el primer movimiento literario propiamente dominicano. Con éste, nacía en nuestro país un auténtico espíritu vanguardista. El Vedrinismo que tenía como una de sus metas la valorización eufónica de las palabras.
Pocos años después, en 1921, Domingo Moreno Jimenes junto a Rafael Augusto Zorrilla y Andrés Avelino, daban firmas al “Postumismo”, propuesta literaria que enriqueció con temas y elementos nacionales la literatura dominicana.
Dos décadas pasaron hasta que en 1943 y debido a la necesidad de una poesía como escape a la autocensura general impuesta por el régimen de Rafael Leónidas Trujillo Molina, surgía “La Poesía Sorprendida”, que llevaba como subtítulo, “La Poesía del Hombre Universal”, bajo la conducción del escritor y crítico literario de nacionalidad chilena, Alberto Baeza Flores y los poetas dominicanos Manuel Llanes, Franklin Mieses Burgos, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón Arce, Mariano Lebrón Saviñón y Antonio Fernández Spencer.
A cinco años de este acontecimiento, en 1948, con el surgimiento de un grupo de poetas y escritores que en 1954 formó lo que se conoce como la Generación del 48, nacía el cuarto de los movimientos literarios dominicanos.
El lenguaje de este movimiento era deliberadamente hermético y obedecía al imperativo de denunciar una realidad que desaprobaban. Algunos de sus principales representantes fueron: Víctor Villegas, Ramón Cifré Navarro, Rafael Valera Benítez, Juan Carlos Jiménez, Abelardo Vicioso, Juan Alberto Peña Lebrón, Lupo Hernández Rueda, Rafael Lara Citrón, Abel Fernández Mejía, Máximo Avilés Blonda y Luis Alfredo Torres.
A ésta generación le sucedió la del sesenta, que surgió a raíz del tiranicidio y el golpe de Estado perpetrado por los remanentes del trujillismo, la oligarquía tradicional y la Iglesia Católica al gobierno constitucional del profesor Juan Emilio Bosch y Gaviño. Esta generación tuvo entre sus filas a Ramón Francisco, René del Risco Bermúdez, Rubén Echavarría, Juan José Ayuso, Grey Coiscou Guzmán, Miguel Alfonseca, Jeannette Miller, Jacques Viau Renaud, Antonio Lockward Artiles, Rafael Añez Bergés, Iván García Guerra y Efraím Castillo, entre otros. Este grupo, a diferencia de “los Sorprendidos” que habían declarado una poesía con el hombre universal, prefería una poesía más cónsona con el hombre criollo.
Transcurrido un lustro y como consecuencia de la Revolución del 24 de Abril de 1965, surgirían en la capital los grupos literarios: “El Puño”, “La Isla”, “La Máscara” y “La Antorcha”, además de que reapareció “El Movimiento Cultural Universitario” (MCU), que había nacido y funcionado en la Universidad de Santo Domingo (UASD), entre el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, ocurrida el 30 de mayo de 1961 y la Revolución de Abril de 1965. En este período nace lo que luego se dio a conocer como la Poesía de Posguerra, que integraban Federico Jóvine Bermúdez, Norberto James Rawlings, Pedro Caro, Andrés L. Mateo, Mateo Morrison, Enrique Eusebio, Miguel Aníbal Perdomo, Alexis Gómez Rosa, Soledad Álvarez Tony Raful, José Molinaza y Radhamés Reyes Vásquez, entre otros.
No sería hasta 1974, que el poeta, escritor, músico y crítico literario Manuel Rueda, anunciaría en una conferencia titulada: “Claves para una poesía plural”, el movimiento del Pluralismo, que Domingo Moreno Jimenes catalogaría como una variación de un movimiento ya existente en el extranjero con el nombre de “Concretismo”. Este movimiento literario dominicano trataba de implementar, o más bien proponía “…una revisión total a la poesía hueca, insustancial y ensangrentada que estaban escribiendo los poetas dominicanos en ese momento, fruto del asfixiante clima político imperante en el país a raíz de la Guerra de Abril de 1965”. (Gutiérrez, 2000).
Apoyaron la propuesta del Movimiento Pluralista los poetas y narradores Marcio Veloz Maggiolo, Alexis Gómez Rosa, Luis Manuel Ledesma, José Enrique García, Apolinar Núñez y Cayo Claudio Espinal.
Hasta este punto, como ha podido verse, nuestra poesía desarrolló sólo a nivel de Santo Domingo, aunque se mencionan tres grupos de la Posguerra, como son: “La Roca”, en Santiago; “La Tuerca”, en Puerto Plata y “Anidversa”, este último, en el municipio de Pimentel de la provincia Duarte, y representado por los escritores Nolasco Cordero, Manuel Mora Serrano y Elpidio Guillén Peña.
La generación del ochenta, surgió después de la llegada al poder, en 1978, del presidente de la República Silvestre Antonio Guzmán Fernández. Este mandatario sin formación de estadista, proporcionó una apertura democrática que abrió las compuertas de la libertad de expresión pública a la sociedad dominicana. En este contexto se liberaron los presos políticos de las cárceles dominicanas y regresan los ciudadanos que se encontraban en el exilio, a consecuencia de las persecuciones y constantes crímenes materializados por el régimen de los 12 años del presidente Joaquín Balaguer contra jóvenes revolucionarios, estudiantes y ciudadanos comunes.
Después de la derrota de Balaguer en 1978, hubo un florecimiento para las artes en sentido general, se creó el 16 de enero de 1979, el Taller Literario César Vallejo, fundado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), por el poeta, narrador y gestor cultural Mateo Morrison Fortunato, en Santiago de los Caballeros se dio apertura al Centro de la Cultura de Santiago “Srta. Ercilia Pepín”, cuya primera directora fue la profesora, músico y gestora cultural Ana Margarita Luna de Espaillat, y dentro de su espacio se formó el Teatro Popular del Centro (TPC), fundado y dirigido por el actor y director de teatro Rafael Villalona. En otras ciudades y pueblos aconteció lo mismo.
Ya llegado a los ochenta, como antes se había dicho, y dentro del campo de la poesía, surge el movimiento de la Generación de los ochenta. Esta tiene como representante al poeta y ensayista José Mármol; además, Ángela Hernández, Miriam Ventura, César Augusto Zapata, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Rafael Hilario Medina, Tomás Castro Burdiez, Martha Rivera, Sabrina Román, Víctor José Carvajal, Manuel García Cartagena, Aurora Arias, Adrián Javier, Dulce Ureña, Médar Serrata, José Alejandro Peña, León Félix Batista e Ilonka Nacidit Perdomo, entre otros.
Fuera de esto, se tiene la impresión de que la poesía dominicana es de Santo Domingo, fue de Santo Domingo y será eternamente de Santo Domingo.
El asalto poético del Cibao en las décadas del 80 y 90
Entre 1980 y 1985 surge el primer grupo o generación de poetas y narradores con el sello común de ser casi en su totalidad de las provincias que componen la región del Cibao. Este estaba compuesto por Pedro José Gris, Dionisio López Cabral, Franc Reyes, Andrés M. Beato, Luis José Rodríguez, Gabriel Caldentey, Fernando Cabrera, Ramón Cabral de la Torre, Argelia Aybar, Pedro Camilo, Carmen Pérez Valerio, Leyda Veras, Sally Rodríguez, Pedro Ovalles, Eugenio García Cueva, Julio Adames, Marianela del Carmen Medrano Mejía, Ramón Pastor de Moya, Noé Zayas, Pedro Antonio Valdez, Eugenio Camacho, Omar Messón Mena, Basilio Belliard, entre otros.
Aquí conviene hacer un paréntesis para aclarar con cuáles objetivos hemos usado el término “generación”: 1ero. como conjunto de personas nacidas en fechas próximas que han recibido influjos culturales y sociales semejantes (Pequeño Larousse, 1999) y 2do. como afirmara el escritor Marcio Veloz Maggiolo: “Las generaciones no son, pues, el producto de un grupo de autores que se reúnen deliberadamente; sino que surgen espontáneamente como respuesta inmediata a un problema común”.

En el 1989, fue creado por el poeta y abogado Cayo Claudio Espinal, un movimiento literario que él bautizaría con el nombre de Contextualismo, una propuesta artística basada en la integración de la ciencia y el arte como fórmula para lograr un arte novedoso y universal. Este movimiento literario y cientista, plantea de acuerdo al escritor Franklin Gutiérrez, lo siguiente:
«a- Novedad en función del lenguaje
b- Preponderancia participativa de las ciencias, la cultura judía, la japonesa y la africana, sin desdeñar la vanguardia
c- La mezcla de los géneros». (Gutiérrez, 2000).
Prosigue el escritor e investigador santiaguero, doctor Gutiérrez: “El Contextualismo plantea la búsqueda de una estética de la ciencia y otra del contexto. Para lograr dicha forma de expresión se apoyan en la metodología del uso de todos los géneros y las artes para arribar a una literatura de experimentación y de vanguardia que rompa con las concepciones tradicionales, pero sin desdeñar los patrones establecidos”. (Gutiérrez, 2000).
Entre los adeptos de esta corriente literaria se encuentran su creador Cayo Claudio Espinal, Víctor Saldaña (Ken), Noé Zayas, Radhamés Polanco, Yeyé Concepción, Vladimir del Orbe, Héctor Amarante, Ramón Matrillé, Manuel LLibre Otero, Jim Ferdinand y Pastor de Moya.
Otro grupo, La Generación del 90, está compuesta por los poetas, narradores, ensayista y gestores culturales: Ramón Peralta, José Acosta, Pedro Pablo Marte, Manuel Llibre Otero, Jim Ferdinand, Ruth Acosta, Puro Tejada, Enegildo Peña, Máximo Vega, Nelson Cerda, José Adolfo Pichardo, Ramón Gil, Virgilio Hernández Pichardo, Leonardo Fernández, Enmanuel Abreu, Abersio Núñez, Juan José Alberto Tejada (Iky Tejada), Juan Gelabert, Pablo Rodríguez, Leopoldo Minaya, Minelys Sánchez, Valentín Amaro, Ubaldo Rosario y Luis Córdova, entre otros.
Otra agrupación literaria proveniente de la región Cibaeña, es el Ateneo Insular, fundado en Moca, Provincia Espaillat, el 28 de julio de 1990, por el crítico literario, escritor e intelectual doctor Bruno Rosario Candelier, Pedro José Gris y Nelson Julio Minaya.
El doctor Franklin Gutiérrez puntualiza que el movimiento dirigido por Rosario Candelier: “Tiene como objetivo primario promover el desarrollo literario de sus
miembros, delegados y afiliados mediante la búsqueda, la reafirmación y la exposición de sus valores trascendentales y espirituales”. (Gutiérrez, 2000).
Sostiene, además: “Las obras escritas por sus integrantes deben responder a los postulados de la Poética Interior, los cuales abogan por el crecimiento espiritual del individuo”. (Gutiérrez, 2000).
Este grupo organiza talleres, seminarios, cursos de creatividad, dictan conferencias y realizan intercambios literarios y culturales con grupos y escritores nacionales y extranjeros. Entre sus integrantes se destacan: Pedro José Gris, Emelda Ramos, Carmen Pérez Valerio, Leyda Veras, Manuel Salvador Gautier, Pura Emeterio Rondón, Pedro Ovalles, Oscar de León Silverio, Juan Ventura, Argelia Aybar, Sally Rodríguez, Pedro Camilo, Olga Lobetty, Rafael P. Rodríguez, Wady Musa, Carmen Comprés y Arsenio Díaz.
En el 2000, también surge en el Cibao, específicamente en Santiago de los Caballeros, un grupo de poetas y narradores con propuestas creativas interesantes, el mismo lo integraban Rosa Silverio, Augusto Bueno, Grey Núñez Montes de Oca, Reyna Mendoza, Daniela Cruz Gil, Carlos Núñez, Arlyn Abreu, Roberto Miguel Escaño y Lissette Ramírez.
Estos son, “grosso modo”, los antecedentes de los distintos grupos, movimientos y generaciones en la República Dominicana desde finales del siglo XIX hasta finales del XX.

El poeta independiente
Ustedes de seguro se preguntarán ¿Dónde apareció, en lo dicho hasta el momento, el nombre del escritor que nos reúne aquí esta noche? ¿Bajo qué generación lo denominaremos, o para decirlo con palabras de una más cara eufonía, bajo qué generación podríamos categorizarlo?
La respuesta a las dos preguntas es: En ninguna de las generaciones, movimientos o grupos hasta ahora mencionados. La razón de ello, es harto sencilla: El doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez es, ha sido y siempre será un independiente de la poesía. Así se destacaron, también, Tomás Hernández Franco, Manuel del Cabral, Francisco Domínguez Charro, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir, Carmen Natalia y Juan Sánchez Lamouth, para sólo mencionar algunos.
Y yo pregunto ¿Puede negarse la excelsitud del lenguaje poético de cada uno de los aquí señalados? ¿Puede acaso rebatirse el gran aporte tanto individual como de conjunto de todos ellos a las letras dominicanas? La respuesta es que hacerlo significaría mezquindad y desconocimiento.
Estos dos factores han servido como especie de retranca para omitir con un silencio malicioso, más de cuatro décadas de aportes ininterrumpidos del doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez al ambiente literario dominicano.
La impresión que se tiene es que los escritores del Cibao no nos leemos. Presumimos de familiaridad con poetas como los estadounidenses Ezra Pound, Robert Frost, Thomás Stearns Eliot y, sin embargo, ignoramos a Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos y Aída Cartagena Portalatín; recitamos de memoria los textos poéticos de los franceses Charles Baudelaire, Paúl Verlaine, Arthur Rimbaud y el Conde de Lautrémont, pero cuasi-ignoramos a Domingo Moreno Jimenes, Tomás Hernández Franco, Juan Sánchez Lamouth, Luis Alfredo Torres y a Enriquillo Sánchez. ¿Paradójico? Sí, pero absolutamente real.
La poética del doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez
El poeta y ensayista santiagués Puro Tejada, en el prólogo que escribió al libro: “La isla del estío”, puntualiza que: “Víctor Antonio Estrella Rodríguez es todo un juego de espejos. La luz entra por algún lado, y se refleja en formas múltiples, extrañas”. Unas veces el Dr. Estrella, otras Vici, otras con algún término ritual fuera de los mortales comunes, este personaje ejerce con sus manos el sagrado misterio de producir, y vaya si produce: poemas, cuentos, ensayos, esculturas, instalaciones, pinturas y paro de contar. Y lo asombroso es que para todo, hasta para ser padre, tiene tiempo y una sonrisa”. (Estrella Rodríguez, La Isla del Estío, 2000).
También precisa: “Su vasta producción poética, refleja las dos pulsiones más poderosas que atraviesan los versos del Dr. Estrella: la primera es la experimental, que basa su ludismo en lo rítmico y lo semántico. La segunda se refiere a una zona de índole testimonial que persigue una claridad expresiva tan notable que a veces roza lo convencional, es el poeta que abre su entraña al sol”. (Estrella Rodríguez, La Isla del Estío, 2000).
En el prólogo para su libro: “Sombra del hipogeo”, se destaca que: “La poesía se manifiesta en colores, dependiendo del sentir interno y de la percepción de luz u oscuridad que el poeta tenga de la vida. Parece que el mundo interno y externo del poeta dominicano es oscuro, lo que se manifiesta en sus obras. Leer poesía dominicana es transitar por las tinieblas, por un laberinto con una salida única hacia la maldición. El doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez es un poeta que no escapa a la sombra, se mantiene adherido a ésta, como si Dios hubiera apartado la luz, dejándolo para su creación, inmerso en una absoluta y total oscuridad”. (Estrella Rodríguez, Sombras del Hipogeo, 2000).

Lo existencial y lo vivencial en “Después de Acuario»
El doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez, en apenas 21 poemas e igual número de páginas confiesa en el prólogo de su libro: “Este poemario es uno más de los documentos íntimos, colocados en el anaquel de las publicaciones con la finalidad de hacer partícipe a la humanidad de mis constantes inquietudes”. (Estrella Rodríguez, Después de Acuario, 2002).
Así, antes de leer el libro creemos saber qué buscar y qué encontraremos. Pero es más una apreciación simplista, porque al abrir las primeras páginas nos encontramos con una serie de poemas íntimos.
Ejemplo:
“Su voz se desplaza
fluídica.
Conmueve,
Excita.
Es oleada.
Humecta.
Es aroma
que seduce
me convierte
en humo”.
(Su voz II. Pág. 3)
Y este otro:
“¡Tus ojos!
¿Qué puedo decir
de tus ojos
que no hayan
dicho los poetas?
No encuentro
neologismos,
ni metáforas.
¡Ah, si yo fuera poeta
inventaría versos
para tus hermosos
ojos!”.
(Los ojos de Ángela, pág. 4)
A partir de su poema “El soñador” hay un giro de lo íntimo a lo social:
“Soñó con abril
con la primavera,
con alas de polvo
y corola de sol.
Soñó con el alba
y la sonrisa pueril
de otros tiempos.
Con el susurro del
límpido arroyo”.
(Un soñador; pág. 20)
O el siguiente, que no sugiere sino que directamente nombra:
“Barrio…Barrio…
miseria que corre en
ojos sin reflejos”.
(El Barrio, pág. 9).
En la página 11 se inicia una poesía oscura, de profundos significados metafísicos:
“Despacio, despacio
me digo en silencio.
los ríos se formaron
de llanto.
Las estrellas son ideas
y la muerte un peldaño”.
(Despacio, pág. 11).
O este llamado a despertar nuestras dormidas conciencias:
“Despertar del letargo,
hazte luz.
Y transmite el esplendor
de tu paz insondable”.
(Despertará., pág. 12).
Y este último con visos de sentencia lapidaria:
“El manantial brota
por el verbo,
con reflejos cristalinos.
El sendero de paz
conduce al camposanto”.
(El manantial, pág. 13).
La clasificación hecha a estos poemas, para categorizarlos, de modo que puedan ser analizados como bloques, según las distintas temáticas, nos permite afirmar, que los elementos de sustentación del discurso poético del doctor Víctor Antonio Estrella Rodríguez, en esta obra específicamente, son: 1ro. El elemento íntimo, 2do. El elemento social y 3ero. El elemento metafísico.
*Escritor y leído en la puesta en circulación del poemario “Después de Acuario” del doctor Víctor Antonio Estrella, en el año 2002.
Nota: El poeta, narrador y gestor cultural, Dr. Víctor Antonio Estrella Rodríguez, falleció en Santiago de los Caballeros el 6 de mayo de 2015.
Bibliografía
Estrella Rodríguez, V. A. (2002). Después de Acuario. Santiago de los Caballeros: Víctor Estrella.
Estrella Rodríguez, V. A. (2000). La Isla del Estío. Santiago de los Caballeros: Víctor Estrella.
Estrella Rodríguez, V. A. (2000). Sombras del Hipogeo. Santiago de los Caballeros: Víctor Estrella.
Gutiérrez, F. (2000). Diccionario de la literatura dominicana. Santo Domingo: Ministerio de Cultura.








