Virginia de Peña de Bordas. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, el 11 de agosto de 1904. Falleció de un paro cardiaco en la ciudad que la vio nacer el 24 de septiembre de 1948. Hija de Julio de Peña y Edelmira Bordas. Realizó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal. Luego la enviaron a los Estados Unidos donde se formó durante tres años en pintura y ballet clásico en la Academia Cushing de Boston, Massachusetts. Novelista, cuentista y bailarina clásica.

En 1930 contrajo matrimonio con su primo, el empresario Isidro Bordas. El 24 de noviembre de 1948 publicaron en la página 3 del periódico La Información de Santiago su cuento infantil: “La Eracra de Oro: fantasía Quisqueyana”, y posteriormente, su cuento para niños: “La princesa de los cabellos platinados”.

Obras publicadas póstumamente en formato de libros: “Toeya” (novela escrita originalmente en inglés, 1949) y que también fue editada en Barcelona, España en 1952. Además de sus “Seis novelas cortas” (1978) dejó inconclusa la novela “Maniquí”.
El 16 de agosto de 1949, la educadora, escritora, ensayista e investigadora dominicana Flérida María Lamarche Henríquez escribió a manera de prólogo una “Ofrenda Póstuma” a la primera edición de la novela “Toeya”, donde puntualiza: “La novela es una de las formas literarias más difíciles de realizar, y es mérito que se agrega a otros muchos de esta obra, el haber sido escrita por una escritora que apenas tenía experiencia literaria. Milagro es que haya podido completarse antes de experimentar repetidos contactos con la conciencia crítica”. (Bordas, 1978).

Doña Flérida también precisa: “Virginia Peña de Bordas, (nieta de Don Manuel de Jesús de Peña y Reinoso, pedagogo, soldado en Santo Domingo y en Cuba en las guerras de independencia, “romántico e impetuoso escritor”) como cultora de la palabra, fue una flor que vivió en la sombra. Sólo algunos cuentos de carácter maravilloso, escritos para niños –género hasta entonces desierto en nuestra literatura – salieron ocasionalmente del recinto de su hogar. Tan espontánea, de tan vivo carácter, y sin embargo una perpetua duda de sí misma la martirizaba. Su vocación irresistible la forjaba a escribir; su imaginación riquísima, incontenible, no le daba punto de reposo. ¿Pero su destino literario no era acaso una ilusión suya? Su carcajada de cristal era un canto, y en su eterno gorjear había temblor de lágrimas”. (Bordas, 1978).
El historiador, narrador y ensayista Sócrates Nolasco, argumenta que: “La indigenista Virginia de Peña de Bordas, autora de la novela TOEYA y de cuentos y novelas cortas, por la fértil imaginación, la ductibilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural, se distingue sobre todo en el cuento de niño, o para niños, rama de la literatura que ningún dominicano ha sabido explorar como ella. Con esta fisonomía encantará a los niños, seguramente; pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos, hijos de pura emoción estética. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria, de endeble civilización, era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo, sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores”. (Nolasco, 1957).

Sócrates Nolasco, como gran conocedor de la narrativa y la cultura popular dominicana escribe: “No es el estilo, elegante y evocador, ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal, que arroba. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su raza, refirieron y se repite. Manso no era. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente; sin ñoñerías reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible.
Flor del indigenismo, es La Eracra de Oro. Sumada como iluminación al lugar que hoy lleva el nombre de “Tamayo”, más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre”. (Nolasco, 1957).

El médico, escritor, ensayista y educador Fabio Amable Mota Medrano dedicó parte de su valioso tiempo al estudio de la obra literaria de Virginia de Peña de Bordas, de la cual destaca: “Virginia de Peña de Bordas a la vez que revela férvidas afición a la literatura en sus cuentos y novelas, rinde fervoroso culto al sentimiento de lo bueno y de lo bello que dio sentido y lustre a la proceridad de su abolengo, culto que mueve al recuerdo de aquellos rasgos con que Don Manuel de Jesús de Peña y Reynoso entró preclaro en la historia de la cultura dominicana.
Los títulos que acreditaron al abuelo como maestro, literato, periodista y político, valen para mí, ahora, por lo que han de tener de trascendente en la pasión creadora, el ingenio y el sentimiento patrio de la nieta”. (Medrano, 1978).

Finalizo con la apreciación crítica del educador, abogado, escritor, investigador Néstor Contín Aybar, el cual sustenta que: “La escritora no tenía gran experiencia literaria. Aparte de sus cuentos infantiles, que ya hemos citado, no había revelado, públicamente, sus aptitudes literarias. No obstante, la afición literaria en ella, probablemente, era heredada de su abuelo, Manuel de Jesús de Peña y Reynoso, que, a más de pedagogo, fue hombre de letras”. (Aybar, 1986).

Bibliografía
Aybar, N. C. (1986). Historia de la Literatura Dominicana. Santo Domingo: Editora Taller C por A.
Bordas, V. d. (1978). Toeya. Santo Domingo: Editora Taller C por A.
Medrano, F. A. (1978). Virginia de Peña de Bordas en la leyenda indigenista y la novela. Santo Domingo: Editora Taller.
Nolasco, S. (1957). El cuento en Santo Domingo. Ciudad Trujillo: Librería Dominicana, RD.










