Aunque esté centrado en la coyuntura de la última pandemia mundial sirve para contextualizar un fenómeno que impacta la democracia desde una de sus herramientas fundamentales: la comunicación. Se trata del libro «(NO) ES LA COMUNICACIÓN… ES LA POLÍTICA», editado por Omar Rincón, Catalina Uribe Rincón, Matías Ponce y Angie Katherine González, que ofrece un análisis profundo y comparado sobre cómo los gobiernos de América Latina han delegado en la comunicación la responsabilidad de gobernar, especialmente durante la pandemia de COVID-19 (2020-2021).
Publicado en 2022 por la Friedrich-Ebert-Stiftung (FES), sus páginas reúnen aportes de 24 autores de 13 países, argumentando que, aunque la comunicación es una herramienta clave en la gestión de crisis, es la política la que define la democracia y la vida colectiva. Así se pasa por México, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, Uruguay, Argentina y Chile, en un contenido que incluye unos postextos, que exploran casos como el liderazgo mediático de Nayib Bukele en El Salvador, la narrativa humorística de Iván Duque en Colombia, el negacionismo de Trump en EE. UU., y lo que en ese momento era una incógnita, la gestión de Petro.
Los análisis por países ponen en evidencia cómo los gobiernos han puesto más énfasis en su imagen en los medios, llenando la comunicación con tareas que van más allá de lo que pueden manejar, lo que debilita las instituciones democráticas. Muestran diferentes estrategias, como el uso de datos como historia en Ecuador y la improvisación en Perú, lo que indica que no hay una política firme que guíe la comunicación. Queda claro algo que debería ser una obviedad: la comunicación no puede reemplazar a la política, pero que sin embargo los mandatarios no parecen comprender del todo, generando la coyuntura actual, frustrando la posibilidad de tener una democracia más real, donde la política vuelva a ser el elemento principal, en lugar de caer en la tentación de «gobernar comunicando».
Estos ejes son importantes ante la coyuntura actual de la democracia dominicana. Desde el manejo mismo durante la crisis la crisis del COVID-19, coincidente con la asunción del presidente Luis Abinader (2020) se proyectó mediante una estrategia mediática intensa, con conferencias de prensa diarias y un uso estratégico de redes sociales. Sin embargo, esta hipervisibilidad comunicativa no siempre se tradujo en eficacia política. No es nuevo en la República Dominicana, muchos gobiernos han sucumbido a la tentación de convertir la comunicación en el eje de su gobernanza.
Volviendo al libro, queda claro un patrón regional: los líderes priorizan «vender» sus atributos personales por encima de construir ciudadanía. La comunicación no se puede cargar con la responsabilidad de la democracia, la economía o el bienestar público. Esto se manifiesta en el contexto de República Dominicana al depender de encuestas y titulares como indicadores del éxito político, en vez de implementar políticas.
Se destaca el caso de Nayib Bukele en El Salvador, a quien describe como un «superhéroe» mediático; esta figura tiene eco en Abinader, cuya popularidad inicial se basó más en su carisma que en cambios profundos. No obstante, como señala el libro, esta estrategia tiene límites: si la comunicación no se basa en una fundamentación política, acaba desgastando la credibilidad de las instituciones.
La comunicación no es un reemplazo de la política, sino una herramienta (importante,,, pero una más). El reto de República Dominicana consiste en alinear la narrativa de los medios con acciones que fortalezcan una gobernanza sólida, en un país donde la democracia aún es joven. En última instancia, «la política es la búsqueda de la alegría del pueblo», como lo recuerda uno de los autores, y solo no un show mediático.







